El guateque - Película - 1968 - Crítica | Reparto | Estreno | Duración | Sinopsis | Premios - decine21.com (original) (raw)

El guateque foto crítica.

Desmadre en Hollywood

El guateque es la película más divertida del tándem Blake Edwards-Peter Sellers. Si alguien lo duda, no tiene más que verla. Apostamos pincho de tortilla y caña a que es incapaz de reprimir más de una carcajada.

La trama no puede ser más sencilla. Hrundi V. Bakshi, el ser más patoso que existe sobre la faz de la Tierra, se encuentra en Hollywood, dispuesto a triunfar en la pantalla. De origen hindú, está trabajando como extra en una cara película sobre la India colonial. Después de cargarse el rodaje de la explosión de un fortín, con pérdidas colosales, es puesto de patitas en la calle, y su nombre entregado a un productor para ser colocado en una lista bien negra, y así asegurar que no vuelve a trabajar en la meca del cine. Pero la secretaria, por un error, considera que es el último nombre que el jefe ha añadido a la lista de invitados a una fiesta que da en su casa. Así que allá va nuestro hombre, feliz de haber recibido una invitación, con su perfecta sonrisa de idiota y un fuerte acento capaz de sacar de quicio a cualquiera. Nada más atravesar el umbral de la puerta, Hrundi encadena meteduras de pata una tras otra.

La película se rodó a partir de un guión de apenas 60 páginas, y el planteamiento se aproxima a las viejas películas de cine mudo, y concretamente al slapstick: el diálogo es el estrictamente necesario, y en cambio tiene muchísima importancia la fisicidad y lo visual. Valgan como botón de muestra los momentos de la pérdida del zapato de Hrundi, y sus denodados esfuerzos por recuperarlo, o el desastre que organiza en el cuarto de baño, con ese rollo de papel higiénico que no acaba nunca de desenrollarse. Edwards y Sellers jugaron mucho a la improvisación, con feliz fortuna. Para el film desarrollaron un sistema que ahora es de uso común en los rodajes: el combo, un sistema de grabación de vídeo unido a la cámara, que permite hacerse una idea de cómo quedará la escena en el celuloide. Gracias a su uso, se consiguió una perfecta sincronización interna de los gags, lo que hace que 35 años después del rodaje sigamos riendo con escenas apoteósicas, como la del elefante.