Relaciones humanas en el centro de los derechos humanos (original) (raw)

No pueden ser permitidas, desde el punto de vista de la nación, ningunas otras limitaciones de la libertad individual que aquellas necesarias para la propia existencia y vida próspera de la nación misma. Las principales entre éstas son el orden interno y la paz externa, ambas indispensables también para el ejercicio de la libertad individual. Pero este respecto, aparecen dos importantes consideraciones: una, principalmente relacionada con el orden, se refiere a la administración de la justicia y a la policía; la otra, principalmente relacionada con la paz, se refiere al ejército y al servicio militar.

El orden no puede ser del tipo saludable que permite el libre uso de la libertad individual si no descansa en una amplia base de asentimiento nacional. Se desprende que los derechos del hombre deben incluir: gobierno por consentimiento espontáneo, libre y bien informado de la mayoría de los ciudadanos, y con adecuadas garantías para la libertad y opinión de las minorías. Esto implica una justicia objetiva y una policía apolítica. No es necesario hacer resaltar que, a su vez, estas condiciones requieren una prensa libre. Sin prensa libre ningún derecho vale lo que el papel en que está escrito.

El segundo punto se refiere a los derechos y deberes del hombre respecto a la paz internacional. Cuando admitimos que una nación tiene derecho a limitar la libertad individual para la defensa nacional, debemos tener presente que las naciones tienen una especial habilidad para cubrir bajo estas palabras cualquier designio, incluso agresivo, que se les ocurra tener. El problema así creado en la conciencia individual fue discutido por primera vez en el siglo XVI por Francisco de Vitoria en su De Indis. Es posible adaptar sus conclusiones a las circunstancias actuales. El ciudadano tiene el derecho, en realidad el deber, de rechazar el servicio militar si y cuando se encuentra convencido de que el móvil de la guerra está en contra de su conciencia; pero la decisión es tan grave que el ciudadano no debe tomarla sin oír primero los consejos de hombres prudentes. Esta es la doctrina de Vitoria. En sus días, cuando estaba reconocida una ortodoxia por la enorme mayoría de los europeos, los “hombres prudentes” eran eclesiásticos eminentes. En nuestros días debemos procurar encontrar alguna norma objetiva. La solución puede estar en establecer el derecho de todos los ciudadanos a negarse a cumplir el servicio militar: en cualquier guerra en la que la posición de su país haya sido declarada errónea por un voto de la mayoría del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Está claro que de un país dispuesto a ir a la guerra, desafiando la autoridad internacional, no se puede esperar que respete el derecho de sus ciudadanos de negarse a prestar servicio para ese tipo de guerra. Sin embargo, se debe formular ese derecho, ya que puede actuar como freno, sobre todo cuando, una vez terminada la guerra, se haga expiar su culpa a los hombres de Estado responsables de su violación. Además, las personas que hayan expresado con autenticidad su falta de deseo para servir, si caen en manos del adversario serían tratadas como extranjeros amigos y no como prisioneros de guerra.

La discusión de las relaciones entre el ciudadano y la nación no agota el problema presentado por la existencia de estas dos formas de vida humana: nación y hombre. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con el derecho de inmigración y de emigración? Esta cuestión es discutida demasiado a menudo con un fondo sentimental que la priva de claridad. El punto de vista de la nación debe tenerse presente sobre la base de justicia teórica y de política práctica. Una nación tiene derecho a existir. Y este puede ser muy bien el mejor momento para establecerlo sobre bases objetivas. Empezamos a partir del individuo como la única cosa tangible y concreta que existe; y reafirmamos que su objetivo principal en la vida es el encontrarse a sí mismo en la experiencia, es decir, el adquirir una cultura. La educación, la información, la destreza son cosas todas excelentes para ganarse la vida y como elementos de cultura. Pero la cultura -un concepto puramente relativo- es el grado que un hombre ha alcanzado de realización de sí mismo, de percatación de la relación adecuada entre uno mismo y el mundo.

Ahora bien, la nación es el mejor marco para que la mayor parte de los seres humanos asciendan la pendiente de la cultura. Es la depositaria de la tradición, el “vaso” en el cual se guarda y se acumula la vida subconsciente de la comunidad, el marco de las experiencias individuales. Esta función es la que da a la nación su raison d'être.

Se deduce que la nación tiene derecho a perseverar en su existencia, como habría dicho Spinoza. Y por lo tanto está claro que el derecho de un individuo cualquiera de cambiar de lugar y de establecerse en cualquier parte debe estar contrapesado por el derecho de cualquier nación de seguir siendo lo que es, o de llegar a ser lo que quiera ser.